No parecía que fuese a ser ayer un día especialmente propicio para nada en particular, sino más bien un día normal, lleno de rutinas y no mucho que hacer, poco en lo que entretenerse.
Nada más llegar a trabajar encontré a mi vecino, suelo encontrarle muchas mañanas en la puerta de mi trabajo y normalmente un "buenos días, ¿que tal?" es todo cuanto nos dirigimos. Pero, mira por donde que ayer, tenía ganas de hablar y me entretuve un buen rato charlando de las vacaciones, de la hipoteca, de nuestra comunidad de vecinos... una charla agradable hasta que tuve que cortarla porque la mitad de mi oficina me esperaba sentados en las escaleras, cosa que me resultó francamente divertida. Y entre risas y sonrisas comenzamos a trabajar.
Durante la mañana, ocurrieron algunas cosas que me descentraron un poco y pensé que la charla con mi vecino había sido una especie de ayuda para afrontarlo. Cuando me pierdo, tardo un buen rato en encontrarme y ese rato se hace muy largo en determinadas circunstancias.
Así, salí de la oficina con el ánimo un poco flojo, no hay engaño posible. Pero, seguramente por recordarme mi egoísmo o quizás para desbloquearme, mientras iba sumida en mis propias cavilaciones, me crucé con una señora que iba guerreando con su pequeño porque estaba tan cansado de andar como de ir en el carro y no le quedó más remedio que cogerlo en brazos y, a esto, se cruzó con nosotras alguien con aspecto bastante desarrapado y una botella de vino bien abrazada y oí como le decía a la señora "vaya, el niño ¿se cansó de andar?", pensé que ella le ignoraría, pero me equivoqué, con una gran sonrisa y muchísima amabilidad le respondió "pues si, se cansa de todo" y le sonrió aún más abiertamente. Iban a seguir cada uno su camino cuando el señor se paró en seco y le dijo "perdona, ¿me puedes decir que día es hoy?", yo pensé "pues miércoles ¿qué pregunta?" pero mi sorpresa fue que la mujer ¡se lo pensó! y ambos sonrieron y esa sonrisa me pareció de total complicidad. Al cabo de unos segundos respondió "¡es miércoles!" y ambos se despidieron con un gesto.
En ese momento varias cosas pasaron por mi cabeza. La primera fue: que feliz ha de ser quien no se preocupa del día, ni de la hora, que simplemente se levanta y lo saluda como si fuese el primero de su vida o, tal vez, el último y simplemente le da la oportunidad de sorprenderle. La segunda cosa que pensé fue que me gustaría tener la capacidad de olvidar mis pequeños problemas o bloqueos o lo que sea y poder ser amable y cordial con las personas que se nos cruzan a diario.
Poder regalar una sonrisa a la persona que tengo delante, ya sea conocida o no, porque a menudo olvidamos el valor de un gesto tan sencillo que nos convierte en personas.