viernes, 24 de septiembre de 2010

El que espera ¿desespera?

Soy perfectamente consciente de haber consumido una cantidad enorme de tiempo "esperando" a que diversas cosas "ocurrieran". Unas veces la espera fue larga, otras corta y muchas de las cosas que he esperado no han ocurrido todavía y, probablemente, nunca ocurrirán.
Adquieres costumbres que son muy difíciles de erradicar, coges inercia y sigues sentada en una silla diciéndote: "hoy es el día!" "de hoy no pasa!" y, al acostarte, te das cuenta que lo que ansiabas, no se ha producido ese día tampoco y piensas... ¡quizá mañana!
Eso sí, cuando algo se cumple, la satisfacción no tiene comparación posible con ninguna otra sensación: cuando cumples los 18 y ya puedes conducir, cuando apruebas selectividad contra todo pronóstico, cuando terminas tu carrera universitaria, ... siempre pensé que todas y cada una de estas cosas cambiarían mi vida de una u otra manera y ahora veo que lo hicieron, aunque en ese preciso instante no fui consciente de ello y me sentí algo decepcionada por haber esperado tanto de algo que importaba tan poco, ya digo que estaba equivocada.
Lo malo viene cuando esos deseos, anhelos o "esperas" no dependen de ti exclusivamente. Cuando lo que tú quieres está directamente relacionado con la forma de actuar de otra persona y ves que, una y otra vez estás a punto de lograrlo pero que finalmente esa persona sigue ajena a tu espera sin fin y, sin saber porqué, decides desesperarte hasta la próxima ocasión.
Quizá es el momento de romper esa inercia, de dar un puñetazo en la mesa, de actuar de otra manera y pregonar que la esperanza no es siempre sinónimo de bueno y que dejar de tener esperanza resulta, al final, mucho más esperanzador.

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