A Lara la encontró una familia en un canasto a la orilla de un río, como cuentan que encontraron a Moisés tras ser depositado por su madre en el Nilo al objeto de evitarle una muerte segura, y puede que eso fuese como una marca de nacimiento y que estuviese predestinada a una vida única y extraordinaria.
La familia que encontró a Lara le puso este nombre en recuerdo de Doctor Zhivago que fue la primera película que vieron en el cine de su pueblo el día que lo inauguraron y cuyo recuerdo querían que prevaleciera en sus mentes para siempre.
Era una familia de pescadores, vivían en la más alta de las colinas que rodeaban el pueblo, un lugar privilegiado desde el que la vista se perdía en un horizonte al que sabían que nunca llegarían pero con el que soñaban en los días claros, cuando el cielo se confundía con el inmenso mar en esa línea tan fina que es donde siempre se ha juntado lo terrenal y lo divino, esa línea que explota en un universo de colores cuando el sol decide que no quiere lucir más y se retira a descansar por unas horas cansado de las miserias de los hombres para luego volver a aparecer, porque es el calor del sol lo que calienta la esperanza de los hombres y por eso vuelve cada mañana y nunca se olvida de hacerlo, porque sin él, los hombres estarían perdidos.
En aquélla bonita colina el viento nunca paraba de soplar, soplaba con fuerza o sin ella, caliente o frío, soplaba y soplaba y Lara, desde bien pequeña, se acostumbró tanto al viento que cuando intentaba bajar al pueblo, se volvía a mitad de camino, justo donde el viento dejaba de susurrar, dicen que invadida por una nostalgia tan grande que nadie podía consolarla ni obligarla a dar un solo paso más.
Lara comenzó a hablar con el viento un día de abril, que es cuando dicen que debe azotar con más fuerza para que mayo traiga las flores más hermosas, no se sabe porque y tampoco nadie sabe de que hablaban, pero que hablaban era algo que cualquiera podía ver. Lara preguntaba y el viento respondía, y el viento tenía todas las respuestas.
El viento era el primer sorprendido pues nunca había encontrado a ningún humano a quien poder hablar, así que el viento estaba encantado con Lara, le traía olores y fragancias de todas las partes del mundo, le traía historias de amores y guerras, le cantaba nanas al irse a dormir, la acunaba cuando estaba inquieta y jugaba con ella cuando querían divertirse. Y así pasaron los años, el viento y la niña, la niña y el viento.
Un año hubo una epidemia, unas extrañas fiebres aquejaron a muchas personas del pueblo y muchas fallecieron, entre ellas la familia que adoptó a Lara, que se quedó entonces muy sola. No era solo el hecho de no poder alejarse de la colina más que unas millas sino que la gente del pueblo desconfiaba de Lara. Todos saben cuanto miedo le da a la gente lo desconocido y cuan malo es aquello que es diferente a todo lo demás y nadie se acercaba tampoco por la casa.
Fue por entonces cuando Lara cayó en una terrible melancolía, no es que el viento ya no la hiciese compañía pero echaba de menos los tiernos besos y los fuertes abrazos.
El viento le mesaba los cabellos y le acariciaba la piel más aquello no era suficiente para que Lara abandonara su melancolía y el viento comenzó a preocuparse seriamente por ella, así que en los siguientes días hicieron esfuerzos por bajar al pueblo juntos, de manera que Lara no encontrase a faltar su empuje y al quinto día lo consiguieron.
El viento cedió una parte de su brisa a Lara para que pudiera vivir en el pueblo y al poco tiempo todos la querían porque sabía las mejores historias, historias que nunca nadie les había contado y, como el viento no solo ha estado en todas partes sino que además lleva en la tierra más tiempo que nosotros, les resolvía dudas de acontecimientos pasados y muchas veces incluso los maestros se admiraban de que los hechos hubiesen ocurrido de ese modo. Más todos estuvieron de acuerdo en que más valía guardarse para ellos la información pues nadie más fuera del pueblo creería una palabra de cuanto el viento les había dicho.
"Lara del viento" era como la llamaban en el pueblo y muchos años después los más ancianos aún recuerdan a aquella muchachita cuyo vestido nunca dejó de moverse al ritmo que marcaba el viento.
3 comentarios:
Precioso el cuento, creo q esta frase está hecha para tí.
"No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo."
De Oscar Wilde.
No te pares ahora.
Un beso
Jope, que verguenza que me da! jajajajaa
Intentaré ordenar mis desordenados pensamientos e intentaré plasmar alguna otra cosa que os pueda entretener unos minutillos.
Gracias por vuestro tiempo, por vuestro interés y por vuestro ánimo.
Mil gracias y mil besos.
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